lunes, septiembre 24

Libro Leónico $ Primer Libro $

“El bastón, las monedas, el llavero,
La dócil cerradura, las tardías
Notas que no leerán los pocos días
Que me quedan, los naipes y el tablero,
Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada,
El rojo espejo occidental que arde
Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido:
No sabrán nunca que nos hemos ido.”

(J. L. B.) Profeta Leónico.


$Lo siguiente es para que se crea$


Primera Lección.


Que opinamos, de empezar así la enseñanza: un acto imaginativo, primero, y después hablar como en plan de esperanza. Así procediendo, sólo hay que decir antes algo: hagan como si fueran estas letras presencias de figuras que les hablan, y no en realidad dibujos de estetas, sino fantasmas que parlan y parlan. Así que pausa, lector, con los puntos y las comas, como si fuera el aliento de quien pierde la vida por alguien más que lo devora. Piensa que las presencias, como tantas otras cosas, han de tomar aliento, aun de hora en hora.

No parece, desde luego, un acto adecuado. Incluso la filosofía menos elegante y más bien poco certera, no aceptaría tal cosa, aunque muchas veces y en su nombre, fuese exactamente lo que ocurriera. “Cosa insignificante”, probablemente estimaría. Sólo una forma distinta de ciencia, y de filosofía, atendería a la cuestión de la imaginación como un problema que, más que una pregunta, fuera solución: viéndoselas con las de su propia vida, más bien poco duradera y muchas veces bastante fría. No es más que decir algo más sobre lo mismo: entre esas cosas que no acuden a la muerte (y de su olvido consiguiente), esas que menos importan pero que más pesan, son las que tomamos por verdaderas pero que son hogueras, realmente, con un destino prominente. Miles de letras, y una más, que terminan con su camino. Sin embargo, y sin tomarlo a la ligera, debemos asumir que si de nada sirviera, habilidad tan poderosa como la de la hoguera el león jamás hubiera tenido. Esperando, por cierto mi querido lector, que no te lo tomes como amenaza: así es la vida, ella así es y en ella así pasa. Así que no lo tomes a la ligera: ¡pausa!

I (Del ser león) $ Y la hoguera es la primera de las cosas para las que, de entre todas las que podamos ver, el león es francamente representativo: el color del león es el del fuego de su propio imperativo. Es, probablemente, por culpa de aquella piel, aquella que es precisamente con la que se ha vestido, que toma el leon un caracter pasivo: es aquella que arropa su caracter tempestivo, aquella que se esconde con miel. Porque, si entre los animales echamos mirada, no hay ninguno con potencia tan estirada como la de aquel que se ha hecho del fuego como esclavo: aquel que dice que es su amigo, y que por su servicio no da ni un centavo. Porque el león, sin quererlo, fue el primero en tener frío. Y como vestirse quiso el león, el fuego siempre figuró como ocasión para que al no morirse en su abrigo, dedicase siempre a él esta oración: "Antes que adorar a nadie, hagamos nuestra idea al fuego, que no sólo sirviente certero, es siempre nuestro fiero guardián del frío".

II (De la tecnología) $ Cosa, por otro lado, más altamente verificable, nos parece a todos que nunca ha existido. Utilizando la sofisticación matemática de la contención del olvido, hemos creado nuestra propia cibernética, gramática tendiente a eliminar cualquier descuido. Entre todas las formas, en que lo hemos logrado, siempre hay un grado, en que uno se da por vencido. Es, en el mejor de los casos, cuando ya el fuego se ha ido, y cuando pronto la memoria, deviene en amargo olvido. Pero siempre y cuando esto se haga esperar, enseñandoles a todos lo que hemos ya aprendido, imaginemos siempre todo igual, puesto que asi no existirá nunca el frio (y quedará éste para siempre en el olvido).

III (De El imperativo) $ Una máxima, pues, para todo amigo: una vez que tengas la brasa, aliméntala, pues vive: haz, por siempre, como si fuera ella la que se alimenta contigo. Pues te digo, dos veces amigo, que de no alimentar a una fiera, ésta generalmente tiende al olvido. Y que el olvido, para las fieras, no significa la muerte, sino el surgir de una nueva ceguera: esa con la que todo ser naturalmente aguerrido, que cumple su sueño de libertad en total sin sentido, realiza la actitud guerrera de alimentarse con lo que ya se ha ido. Éstas olvidan por olvidar, para vivir olvidando, comiendo siempre un tanto, siempre logrando el cometido de realizar una rebelion perfecta. Comen las fieras bastante: tanto para olvidar que en sus banquetes se comen a quien antes estuvo presente, como para asegurar que la memoria juega un papel farsante. Mostrando pues que la matemática provoca, eso de la percepción que la memoria retoca, y de hacer todo como si estuviera medido, hagamos del fuego nuestra matemática, y olvidemos para siempre el olvido.

IV (De la Presencia) $ Pues tu, mi hermano, eres una fiera, que sin el poder de la imaginación, y de hacer como si ahora me oyeras, me estarías comiendo, antes incuso de que me engulleras. Y sigue tú, lector, la máxima: ten siempre prendida una hoguera, puesto que de no tenerla prendida, sentirías pronto el frío, como si el toque de una fría tela llegara oscura y te envolviera; que tu piel y tu pelo, que tienen de condición al fuego, estan pendientes siempre del cielo, y que tal es la esencia de su olvido. Ten siempre a la mano, pues, un espejo, amigo, pues si se pierde alguna vez tu reflejo, ya nunca nadie te reconocería: tú presencia vendría continuamente conmigo, olvidandose siempre a si misma en el camino. Si esto así no fuera, y que ser no siendo siempre se repitiera y se repitiera, para siempre significaría un mismo destino, para todo león que jamás existiera.

domingo, septiembre 2

Antifábula n. 1 - Cuarta Entrada

IV.

Nuestro megalómano simplemente trataba de recordar el origen de sus palabras. Sólo podía ver fantasmas que surgían unos tras otros, como voces del pasado. "¿Cómo es que mi condición real antecede mis recuerdos? ¿Es posible ser alguien sin recordar quien se es?". Sabía, ante todo, que tenía un nombre. Un nombre propio: el que su padre, el rey, le había dado como príncipe. Sólo podía ver la cara de su padre en esas presencias fantasmagóricas: esas palabras dichas por el aire. Sólo recordaba su apellido.

Los leones, según recordaba, siempre han hablado y, naturalmente, han siempre expresado lo real del habla en su notable escritura. Las caligrafías, antes que las bellas artes, fueron las técnicas más apreciadas por los leones (por todos los distintos tipos de leones). Sin embargo, éste león no podía salir de la creencia en sus palabras, en lo que éstas le ofrecían a cambio de su uso: no podía ver en las letras que escribía mas que los rostros de sus antepasados reales, los patrones de su genética real.





Uno de esos fantasmas se acercó de pronto y le dijo, muy cerca al oído:

—¿Hijo mio, acaso no te das cuenta, aquí dentro de la conciencia, que recordar es una acción en el futuro?
—¿Quién me atormenta con esas visiones? —decía asustado nuestro héroe—, ¿Quién dice tales barbaridades? ¿Es tu voz, padre? ¿Eres tú, abuelo?

El aliento fantasmagórico, sin prestar atención a sus preguntas, continuo en lo que, pareciendo diálogo, resultaba más bien soliloquio.

—Recuerda siempre, cuando estés aquí, que las palabras son alientos de tus ancestros. Que el aliento de nosotros, los leones, no solo viaja en el viento, sino también en la imagen. No olvides nunca que hay muchas ilusiones vivas: que las viven muchos como ciertas. No olvides que la espada es más útil si su longitud es más amplia que la que ocupa el metal de su hoja-navaja.

Por un momento, la oscuridad se disipó y con ella todas esas presencias, todos esos fantasmas.

De pronto, cayendo en cuenta de que sólo esa podría ser la verdadera justificación de su imperio, dijo con toda seguridad: "¿Como no me he dado cuenta antes? Si es que todos los reyes de antes viven dentro de mí: ¡Es por esto que tengo todos los nombres! ¡Es de ahí de donde conozco todas las palabras! ¡Son esos fantasmas los que me las dicen, en sueños, al oído!".

Entonces, el león dijo a todos los otros leones que subiría a la cumbre del mundo, a buscar en el misticismo de su casta la revelación del destino leónico.

Durante dos días y dos noches permaneció nuestro león en la cumbre de la montaña más alta. De ahí, bajó con una magnífica pieza de caligrafía, un trabajo que debía haber tomado siglos en vez de dos días. Un texto que por su magnitud sorprendió a todo león que lo vio. Y canónico, nuestro león dijo: "He aquí la verdad, que me ha revelado mi propia conciencia. Tomenla y sirvanse de ella. Sin embargo, recuerden la inscripción en la carátula pues sin ella, todo el conocimiento que he plasmado se encuentra en peligro de muerte".

La carátula sólo decía "El libro es para todos", y más abajo, en tipos pequeños y poco elegantes, sentenciaba: "Prohibido a quien no lo crea".

Este es el momento en que el león se encuentra más o menos en calma. Es el momento en que casi todo ha caído en su lugar. La espada es mucho más larga porque sólo él sabe que el libro que encontró en la montaña, el que habían autorizado todos sus ancestros como propio, lo escribió un león hace mucho tiempo: algúno de tal apellido. Y porque el hecho de que todos le creyeran demostraba lo que sin duda sería la respuesta de todos sus problemas en adelante, sonrió con éste razonamiento: "como ninguno de los leones tenemos memoria, solo los leones audaces que escondemos este libro de la vista de todos, en la cima de la montaña, podemos conocer las palabras y controlarlo todo". Es así como, por una hora al menos, el león no tuvo muchas pesadillas; fue una hora en que guardo el aliento.

Antifábula n. 1 - Tercera Entrada

III.

El león, al poco tiempo, encontró que su apresurada salida del mundo natural lo había hecho olvidar la primera causa de su ansiedad de poder. Encontró que tal ansiedad era por si misma la única causa de todo poder y, siendo que toda justificación circular es lógica en un sentido mínimo, se conformó rápidamente con el siguiente imperativo: “si el poder es mi sustancia y esencia, no tengo otra opción que la de su ejercicio”. Lastimosamente, por no observar como el hambre iba poco a poco demostrando ser la causa real de su ansiedad y el cansancio de sus ilusiones (de poder), salió un poco de ese cuarto obscuro al que había entrado para ver como otros leones, peligrosamente parecidos a él, habían puesto su mesa y la habían llenado de alimentos que, por no mentir, tendríamos que decir se encontraban entre los más exquisitos, exóticos y sofisticados de todo el mundo real. El león, que ahora recordaba bien, era rey entre los leones, se dijo: “¡Pero claro! ¿Cómo olvidar que mi jerarquía empieza por el nombre y el apellido que llevo? ¿Cómo no encontrar rápidamente el hecho de que yo guardo los nombres de todo? ¿Cómo no caer en cuenta que, al guardarlos todos, yo tengo poder sobre todos?"

Saliendo un poco de la conciencia, olvidó todo esto para volver al ejercicio de su jerarquía, devorando todo lo que en la mesa le apetecía y devolviendo, en escupitajos dirigidos hacia su cocinero real, todo lo que le parecía no se encontraba a la altura de su posición (cosa que decidía en un sentido más bien nada razonable).

Antifábula n. 1 - Segunda Entrada

II.

Dejando por un momento su auto-adoración, una vez más, y al pensar que tanto el espacio como el tiempo que tan fantasiosamente había ideado eran la causa inevitable de la jerarquía natural que lo hacía rey (entrando de nuevo y sin querer en ese cuarto oscuro que sus antepasados latinos habían llamado religio, por alguna razón o por otra), el león decide con certeza que su tiempo y su espacio se expresan como el transcurso del día a la noche para todos: para todos esos que viendo ponerse el sol ignoran lo que sucede, incluso en sus propias cabezas. A decir verdad, propone que se trata de la forma eminente de realidad en la naturaleza: eminencia que solo puede explicarse en su importancia (y de ahí la eternidad de su jerarquía).

Desde luego que, el que todos los demás no cayeran en cuenta de tal imperio natural, era la causa lógica de la desigual distribución del poder: era su causa natural. O como el león políticamente lo planteaba cuando hablaba acerca de la “posibilidad del conocimiento que a los leones se nos encuentra genéticamente reservada”. Esta, a su forma de verlo, era la única forma de dar realidad a tal jerarquía natural: yo, máxima jerarquía por poder darle espacio al tiempo, rey por darle tiempo al espacio; ustedes, separados por un vacío jerárquico inconmensurable de mí: inevitablemente esclavos a mi disposición y despotismo, condenados para siempre a la inconsciencia.

Antifábula n. 1 - Primera Entrada

I.

En el mundo natural tenemos al león, que se encuentra en una situación privilegiada: situación en la cual su superioridad es expresable en alguna suma de particular influencia (como la de un rugido que doblega, según el león por miedo o amenaza, a todo lo que a su alrededor convive con él). Tenemos a un león que asiste al imperio de la naturaleza como rey. Pensemos por un momento que existen muchas condiciones para que esto sucediera, pero por ahora solo nos importa, por ser nuestro protagonista, lo que en este preciso momento le esta sucediendo al león: estamos observando su actualidad. Esta es verdaderamente su acción, característica irrevocable de cualquier protagonista. Solo podemos decir que el león esta ansioso.

Estamos en su palacio. Es un lugar tan espacioso como él lo ha decidido. A su forma de verlo, el espacio solo deja de ser infinito a su voluntad. Esto es algo que quiere expresar contundentemente. Así que la forma de hacerlo es estableciendo que su palacio no tendría paredes y que, por lo tanto, todo aquel que no participara de la posesión de la potencia real, de su imperio real sobre la naturaleza, habría de fabricar su propia morada (o mantener la que ya tenía, solo que distinguida por algún tipo de paredes). Pensándolo así, la duración de su reino sería infinito en el tiempo por serlo en el espacio. Además, dando la ilusión a todos los súbditos de un propio espacio imperial, tan privado como falso, estos aceptarían de buena gana sus aptitudes como administrador omnipotente y se reducirían en buena medida sus pesadillas.

Desde luego que, siempre que ve el león claramente su perspicacia, ríe desagradablemente en un ejercicio de egolatría.

Preocupado como todo ser poderoso por la eternidad de su poder, duerme poco todas las noches preocupado por posibles tramas en su contra, por la posibilidad de no saber lo que se tiene hasta verlo perdido. El mundo natural, y esto es algo que sabe con bastante seguridad, no le es incondicional. Así que el león está casi siempre cansado, divagando por su propia cuenta, y en este momento, consumido en realidad por el sueño y el hambre, piensa más afanosamente en estas intrigas suyas en su contra.

En este preciso momento, observamos que el león no se da cuenta de donde se encuentra. “A veces —se dice en voz baja— es muy fácil perderse cuando se vive en el infinito”. El león se pretende separar poco a poco de todos y todo lo que le rodea, ensimismado y buscando continuamente la forma de hacer que la distancia que expresa su poder tome un espacio real: el del tiempo que transcurre en el espacio de su cabeza. Está buscando, en su cabeza pensante, las explicaciones que no lo hacen colapsar en un cuestionamiento solipsista, en una completa falta de identidad. Esta poco a poco creando su fe: la conciencia. Pensando con una lógica perfecta, el león se dice “puesto que no hay distancia que no incorpore espacio para que exista, así yo no podré ser nunca rey si entre mis súbditos y yo no existe una verdadera distancia”. Ya con esto parece que siente un poco de calma: si hay alguien que reconozca su existencia, entonces tanto él como el otro corroborarían una realidad. Y entonces se alcanza a dar cuenta, sin tomarlo mucho en cuenta, que las verdaderas paredes de su imperio son precisamente las que sus súbditos hicieron por su decreto real. Se encargan de poner a cada quien en su sitio y de dejarlo a él en una posición continuamente privilegiada.

Así, el león vuelve a reír y se dice: “Ya veo que inteligente soy. ¡Estoy haciendo en mi beneficio cosas de las cuales no solo no me acuerdo, sino que nunca quise hacer!”. Y vuelve a su ensimismamiento por unos minutos más, pensando constantemente en lo que esto significará para los libros de historia del futuro.