domingo, septiembre 2

Antifábula n. 1 - Segunda Entrada

II.

Dejando por un momento su auto-adoración, una vez más, y al pensar que tanto el espacio como el tiempo que tan fantasiosamente había ideado eran la causa inevitable de la jerarquía natural que lo hacía rey (entrando de nuevo y sin querer en ese cuarto oscuro que sus antepasados latinos habían llamado religio, por alguna razón o por otra), el león decide con certeza que su tiempo y su espacio se expresan como el transcurso del día a la noche para todos: para todos esos que viendo ponerse el sol ignoran lo que sucede, incluso en sus propias cabezas. A decir verdad, propone que se trata de la forma eminente de realidad en la naturaleza: eminencia que solo puede explicarse en su importancia (y de ahí la eternidad de su jerarquía).

Desde luego que, el que todos los demás no cayeran en cuenta de tal imperio natural, era la causa lógica de la desigual distribución del poder: era su causa natural. O como el león políticamente lo planteaba cuando hablaba acerca de la “posibilidad del conocimiento que a los leones se nos encuentra genéticamente reservada”. Esta, a su forma de verlo, era la única forma de dar realidad a tal jerarquía natural: yo, máxima jerarquía por poder darle espacio al tiempo, rey por darle tiempo al espacio; ustedes, separados por un vacío jerárquico inconmensurable de mí: inevitablemente esclavos a mi disposición y despotismo, condenados para siempre a la inconsciencia.

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