domingo, septiembre 2

Antifábula n. 1 - Primera Entrada

I.

En el mundo natural tenemos al león, que se encuentra en una situación privilegiada: situación en la cual su superioridad es expresable en alguna suma de particular influencia (como la de un rugido que doblega, según el león por miedo o amenaza, a todo lo que a su alrededor convive con él). Tenemos a un león que asiste al imperio de la naturaleza como rey. Pensemos por un momento que existen muchas condiciones para que esto sucediera, pero por ahora solo nos importa, por ser nuestro protagonista, lo que en este preciso momento le esta sucediendo al león: estamos observando su actualidad. Esta es verdaderamente su acción, característica irrevocable de cualquier protagonista. Solo podemos decir que el león esta ansioso.

Estamos en su palacio. Es un lugar tan espacioso como él lo ha decidido. A su forma de verlo, el espacio solo deja de ser infinito a su voluntad. Esto es algo que quiere expresar contundentemente. Así que la forma de hacerlo es estableciendo que su palacio no tendría paredes y que, por lo tanto, todo aquel que no participara de la posesión de la potencia real, de su imperio real sobre la naturaleza, habría de fabricar su propia morada (o mantener la que ya tenía, solo que distinguida por algún tipo de paredes). Pensándolo así, la duración de su reino sería infinito en el tiempo por serlo en el espacio. Además, dando la ilusión a todos los súbditos de un propio espacio imperial, tan privado como falso, estos aceptarían de buena gana sus aptitudes como administrador omnipotente y se reducirían en buena medida sus pesadillas.

Desde luego que, siempre que ve el león claramente su perspicacia, ríe desagradablemente en un ejercicio de egolatría.

Preocupado como todo ser poderoso por la eternidad de su poder, duerme poco todas las noches preocupado por posibles tramas en su contra, por la posibilidad de no saber lo que se tiene hasta verlo perdido. El mundo natural, y esto es algo que sabe con bastante seguridad, no le es incondicional. Así que el león está casi siempre cansado, divagando por su propia cuenta, y en este momento, consumido en realidad por el sueño y el hambre, piensa más afanosamente en estas intrigas suyas en su contra.

En este preciso momento, observamos que el león no se da cuenta de donde se encuentra. “A veces —se dice en voz baja— es muy fácil perderse cuando se vive en el infinito”. El león se pretende separar poco a poco de todos y todo lo que le rodea, ensimismado y buscando continuamente la forma de hacer que la distancia que expresa su poder tome un espacio real: el del tiempo que transcurre en el espacio de su cabeza. Está buscando, en su cabeza pensante, las explicaciones que no lo hacen colapsar en un cuestionamiento solipsista, en una completa falta de identidad. Esta poco a poco creando su fe: la conciencia. Pensando con una lógica perfecta, el león se dice “puesto que no hay distancia que no incorpore espacio para que exista, así yo no podré ser nunca rey si entre mis súbditos y yo no existe una verdadera distancia”. Ya con esto parece que siente un poco de calma: si hay alguien que reconozca su existencia, entonces tanto él como el otro corroborarían una realidad. Y entonces se alcanza a dar cuenta, sin tomarlo mucho en cuenta, que las verdaderas paredes de su imperio son precisamente las que sus súbditos hicieron por su decreto real. Se encargan de poner a cada quien en su sitio y de dejarlo a él en una posición continuamente privilegiada.

Así, el león vuelve a reír y se dice: “Ya veo que inteligente soy. ¡Estoy haciendo en mi beneficio cosas de las cuales no solo no me acuerdo, sino que nunca quise hacer!”. Y vuelve a su ensimismamiento por unos minutos más, pensando constantemente en lo que esto significará para los libros de historia del futuro.

1 comentario:

julia dijo...

ferruquin... cuando vas a escribir más? te quiere mucho tu carnalita