IV.
Nuestro megalómano simplemente trataba de recordar el origen de sus palabras. Sólo podía ver fantasmas que surgían unos tras otros, como voces del pasado. "¿Cómo es que mi condición real antecede mis recuerdos? ¿Es posible ser alguien sin recordar quien se es?". Sabía, ante todo, que tenía un nombre. Un nombre propio: el que su padre, el rey, le había dado como príncipe. Sólo podía ver la cara de su padre en esas presencias fantasmagóricas: esas palabras dichas por el aire. Sólo recordaba su apellido.
Los leones, según recordaba, siempre han hablado y, naturalmente, han siempre expresado lo real del habla en su notable escritura. Las caligrafías, antes que las bellas artes, fueron las técnicas más apreciadas por los leones (por todos los distintos tipos de leones). Sin embargo, éste león no podía salir de la creencia en sus palabras, en lo que éstas le ofrecían a cambio de su uso: no podía ver en las letras que escribía mas que los rostros de sus antepasados reales, los patrones de su genética real.
Uno de esos fantasmas se acercó de pronto y le dijo, muy cerca al oído:
—¿Hijo mio, acaso no te das cuenta, aquí dentro de la conciencia, que recordar es una acción en el futuro?
—¿Quién me atormenta con esas visiones? —decía asustado nuestro héroe—, ¿Quién dice tales barbaridades? ¿Es tu voz, padre? ¿Eres tú, abuelo?
El aliento fantasmagórico, sin prestar atención a sus preguntas, continuo en lo que, pareciendo diálogo, resultaba más bien soliloquio.
—Recuerda siempre, cuando estés aquí, que las palabras son alientos de tus ancestros. Que el aliento de nosotros, los leones, no solo viaja en el viento, sino también en la imagen. No olvides nunca que hay muchas ilusiones vivas: que las viven muchos como ciertas. No olvides que la espada es más útil si su longitud es más amplia que la que ocupa el metal de su hoja-navaja.
Por un momento, la oscuridad se disipó y con ella todas esas presencias, todos esos fantasmas.
De pronto, cayendo en cuenta de que sólo esa podría ser la verdadera justificación de su imperio, dijo con toda seguridad: "¿Como no me he dado cuenta antes? Si es que todos los reyes de antes viven dentro de mí: ¡Es por esto que tengo todos los nombres! ¡Es de ahí de donde conozco todas las palabras! ¡Son esos fantasmas los que me las dicen, en sueños, al oído!".
Entonces, el león dijo a todos los otros leones que subiría a la cumbre del mundo, a buscar en el misticismo de su casta la revelación del destino leónico.
Durante dos días y dos noches permaneció nuestro león en la cumbre de la montaña más alta. De ahí, bajó con una magnífica pieza de caligrafía, un trabajo que debía haber tomado siglos en vez de dos días. Un texto que por su magnitud sorprendió a todo león que lo vio. Y canónico, nuestro león dijo: "He aquí la verdad, que me ha revelado mi propia conciencia. Tomenla y sirvanse de ella. Sin embargo, recuerden la inscripción en la carátula pues sin ella, todo el conocimiento que he plasmado se encuentra en peligro de muerte".
La carátula sólo decía "El libro es para todos", y más abajo, en tipos pequeños y poco elegantes, sentenciaba: "Prohibido a quien no lo crea".
Este es el momento en que el león se encuentra más o menos en calma. Es el momento en que casi todo ha caído en su lugar. La espada es mucho más larga porque sólo él sabe que el libro que encontró en la montaña, el que habían autorizado todos sus ancestros como propio, lo escribió un león hace mucho tiempo: algúno de tal apellido. Y porque el hecho de que todos le creyeran demostraba lo que sin duda sería la respuesta de todos sus problemas en adelante, sonrió con éste razonamiento: "como ninguno de los leones tenemos memoria, solo los leones audaces que escondemos este libro de la vista de todos, en la cima de la montaña, podemos conocer las palabras y controlarlo todo". Es así como, por una hora al menos, el león no tuvo muchas pesadillas; fue una hora en que guardo el aliento.

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