domingo, septiembre 2

Antifábula n. 1 - Tercera Entrada

III.

El león, al poco tiempo, encontró que su apresurada salida del mundo natural lo había hecho olvidar la primera causa de su ansiedad de poder. Encontró que tal ansiedad era por si misma la única causa de todo poder y, siendo que toda justificación circular es lógica en un sentido mínimo, se conformó rápidamente con el siguiente imperativo: “si el poder es mi sustancia y esencia, no tengo otra opción que la de su ejercicio”. Lastimosamente, por no observar como el hambre iba poco a poco demostrando ser la causa real de su ansiedad y el cansancio de sus ilusiones (de poder), salió un poco de ese cuarto obscuro al que había entrado para ver como otros leones, peligrosamente parecidos a él, habían puesto su mesa y la habían llenado de alimentos que, por no mentir, tendríamos que decir se encontraban entre los más exquisitos, exóticos y sofisticados de todo el mundo real. El león, que ahora recordaba bien, era rey entre los leones, se dijo: “¡Pero claro! ¿Cómo olvidar que mi jerarquía empieza por el nombre y el apellido que llevo? ¿Cómo no encontrar rápidamente el hecho de que yo guardo los nombres de todo? ¿Cómo no caer en cuenta que, al guardarlos todos, yo tengo poder sobre todos?"

Saliendo un poco de la conciencia, olvidó todo esto para volver al ejercicio de su jerarquía, devorando todo lo que en la mesa le apetecía y devolviendo, en escupitajos dirigidos hacia su cocinero real, todo lo que le parecía no se encontraba a la altura de su posición (cosa que decidía en un sentido más bien nada razonable).

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